Distribuye tu tiempo equilibradamente

Invertir en las distintas parcelas de tu hogar, que eres tú mismo, es fundamental para que no se derrumbre (para que no te derrumbes): La parcela de la vida personal, la de la vida laboral, la de tu salud, y la de tu vida espiritual.

Decía Immanuel Kant: No inviertas todo tu tiempo en un solo esfuerzo, porque cada cosa requiere su tiempo.

El saber necesita de un proceso

Al saber no se llega bien cenado, es preciso tener un caos dentro para engendrar una estrella fugaz (sólo lo que duele enseña). Además, no siempre se sabe decir lo que se sabe, no se sabe del todo lo que se quiere decir; con frecuencia, tengo algo que decir, pero no sé del todo qué, ni cómo. La sabiduría es como las luciérnagas, necesita las tinieblas para brillar. En última instancia, el entendimiento alumbra como las velas, derramando lágrimas. Y no hay saber que no tenga 99% de transpiración y 1% de inspiración.

Carlos Díaz

Interior y exterior

Mientras vivimos, estamos siempre ocupados en algo. En su mayor parte, nos empleamos en actividades exteriores: caminamos, hablamos, conducimos,… Es verdad que en medio de esto, pensamos en algo y experimentamos distintas sensaciones; sin embargo, la atención permanece sobre todo concentrada en lo externo, en lo que está fuera de nosotros.

Necesitamos “visitar” más a menudo nuestro interior para recapacitar sobre esa contradicción que es nuestra vida hacia lo externo y la que nuestra verdadera conciencia y persona nos llama. La verdadera conciencia que reside en el corazón pero que el corazón pocas veces consigue ponerla en práctica exteriormente. Es como aquel jefe que, una vez que ha dado las órdenes, se encierra en su despacho mientras los empleados hacen lo que quieren.

Pensamiento y acción son alma y cuerpo. Solemos decir que la cara es el espejo del alma, pero no revela completamente ese misterio que, por otra parte, debiera ser más diáfano y coherente.

Todos nos esperamos

La muerte no es nada, sólo he pasado a la habitación de al lado.

Yo soy yo, vosotros sois vosotros.

Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo

Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente.

No toméis un aire solemne y triste.

Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí.

Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra.

La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.

Por qué estaría yo fuera de vuestra mente? Simplemente porque estoy fuera de vuestra vista?

Os espero; No estoy lejos, sólo al otro lado del camino.

Veis? Todo está bien.

Mucho ánimo!

Miedo a la libertad

Hace muchos años, en alguna parte, nació un niño con una leve singularidad, una cadena invisible que le ataba a una piedra. Él era ignorante de ello, pero era apreciable por todos los que le rodeaban, y no lo notaba porque era una piedra muy ligera con la cadena pequeña y suave, como un hilito. Tampoco podía apreciarlo porque no sabía diferenciar lo que era y lo que no era, dado que no conocía otra condición.

El niño iba creciendo y la piedra también, era parte de su cuerpo, de su ser y no había preguntas.

Con el tiempo el niño se hizo hombre y adquirió conocimientos de libros, personas y paisajes hasta que un día pensó que era distinto a los demás. Le costaba caminar y no sabía porqué, no podía comprender porqué todos los demás iban y venían con tanta ligereza que le temblaba el alma, se sentía inmerso en un mundo interior, un mundo distinto hecho solo para él y todo lo demás era un escaparate con cristales irromplbles.

Un día su amiga la luna le habló para decirle algo importante: “no puedes moverte porque tienes una piedra desde tu nacimiento, una piedra tan grande que te ha inmovilizado, no la puedes ver pero yo te la mostraré.”

Y la vió, y vió que era parte de su ser desde siempre, pero no era su amiga, era su carcelera.

Decidió cortar esa cadena que ya no era tan ligera y para ello tuvo que pedir ayuda, tuvo que recurrir a la tormenta. Sufrió la lluvia, el frío, el viento, hasta que un rayo la partió para siempre y sintió el dolor, era un sufrimiento infinito e inacabable.

De repente un día le dejó de doler y empezó a sentirse de agua, flotaba placenteramente y se dejaba llevar, él no sabía caminar e iba sin rumbo fijo. Terminó de flotar y empezó a caminar, paso a paso con mucho cuidado, se cansó de caminar y empezó a correr, correr y correr hasta que ya nadie le alcanzaba. Tenía que llenarse de kilómetros para poder llegar muy lejos, llegó tan lejos que se llenó de estrellas y pudo dar un beso a la luna.

Consiguió llegó mas lejos que nadie y conoció la libertad, el infinito, la luna, las estrellas y la tormenta y se sintió felíz.

Al final de sus días pensaba a veces en la piedra y se sentía agradecido porque le brindó algo muy importante, gracias a ella había conocido el significado de la libertad.

La piedra tenía un nombre y vagaba eternamente hasta encontrar otro pie al que amarrarse, su nombre era Miedo.

Ana E. Pérez