Lo que necesitan nuestros hijos

Si enumeramos los países que superan los índices de desempleo de España (donde pasamos del 26%), es probable que muchos de los lectores duden a la hora de colocarlos en el mapa (Camerún, Mali, República de Macedonia, Lesoto, Armenia, Yibuti, Islas Cocos, Turkmenistán….).

Evidentemente, este dato del desempleo en un país desarrollado como el nuestro es muy preocupante y, sin embargo, predomina en muchos de nosotros un sentimiento diferencial que nos incita a considerarnos afortunados y a pensar que nuestro futuro es prometedor, que en el 2014 llegará el maná. Seguro que sí, ojalá que sí. Es evidente que nuestro PIB crece, pero todos sabemos que los crecimientos por debajo del 1,2% de PIB anual no serán suficientes para reactivar la economía, para estimular el consumo y, sobre todo, para absorber el desempleo. Necesitamos paciencia.

En el caso de que las reformas implantadas, con el apoyo añadido del cambio de ciclo, dieran resultado, retomaríamos la senda de crecimiento. Pero esto no significará “salir de la crisis” puesto que, en mi opinión, ha surgido ahora un nuevo paradigma, una nueva forma de vivir el día a día, un nuevo sistema económico y unas reglas diferentes a las que nos regían hasta ahora y a las que estábamos acostumbrados. Los profesionales de más de 30 años tendremos que adaptarnos a las nuevas reglas del juego. Los trabajos no serán “para toda la vida”, ni siquiera para periodos largos, la búsqueda de oportunidades laborales será una constante, los proyectos serán la norma, los salarios serán cíclicos, se pagará por retos, llegará un momento en el que habrá que aportar algo en cada minuto para cobrar…… Y en esta nueva realidad, el ser humano tendrá que adaptarse constantemente a los cambios, vivirlos como un mundo de oportunidades, ser positivo y enseñar a sus hijos a ser cada vez más flexibles, aventureros, emprendedores e internacionales.

Es posible que la sociedad no sea capaz de mantener la economía del bienestar a la que estábamos acostumbrados, pero quizás sea el momento de recordar cómo surgió. Reconocer que fue creada por unas generaciones que creían en el esfuerzo, en el trabajo constante, en el estudio y en el ahorro. Y que los practicaban. Unas generaciones que vivieron las postguerras con austeridad y con prudencia. Unas generaciones a la que debemos lo que somos. Es el momento de reconocer que la generación de nuestros padres y de nuestros abuelos dejó un balance bastante más positivo del que hasta ahora hemos tenido tiempo de calcular.

No obstante, justo es reconocer que la economía del bienestar tiene también sus desventajas. Una de ellas, y no la menor, es que deja una población acostumbrada a pedir, una sociedad habituada a que “Papá-Estado” resuelva los problemas, una sociedad que reivindica derechos y más derechos. Si no encuentra bolsas de basura para la caca del perro en el parque del barrio….. ¡la culpa es del alcalde!

Y, lamentablemente, esta cultura va más allá de lo anecdótico para dejar unas secuelas que solo los padres seremos capaces de erradicar mediante la única cirugía posible: la formación.

La potencialidad de esta medida nos la han demostrado ya algunos países (Singapur, Corea del Sur…) que han logrado posicionarse como grandes potencias sin contar grandes recursos naturales. ¿Cómo lo han hecho? Con mucho, mucho, muchísimo esfuerzo en educación, con fe en las generaciones futuras e invirtiendo en ellas.

Y es ese el gran talón de Aquiles que la senda del crecimiento puede dejarnos. Podemos olvidarnos coyunturalmente de ello, pero es crucial gestionarlo. Los países que han invertido en educación han tenido frutos en menos de 20 años. ¿Y nosotros? El ministro Wert puede creer en este principio. Estoy seguro de que así es y de que procura actuar en consecuencia. Pero somos los padres los que nos jugamos que nuestros hijos no vivan el drama que muchas familias españolas están viviendo en estos momentos. Somos los padres los que nos debemos responsabilizar para que nuestros hijos aprendan a interpretar esas nuevas reglas del mercado laboral que muchos de nosotros desconocíamos hasta hace bien poco. 
En consecuencia, reconozcamos prioridades en nuestra calidad de directivos, de padres, de profesores:

1. Los idiomas no son opcionales. Si quieres que tus sucesores trabajen en un mundo global deberás obligarlos a que sean capaces de comunicarse con él. Ellos no son conscientes de lo importante que es. Tú sí.

2. Los trabajos no dependerán del empresario capitalista sino de lo que cada cual sea capaz de aportar día a día, desde que se levante hasta que se acueste.

3. Los horarios pasarán a segundo plano. Primará la responsabilidad, los objetivos… No tendrán que conciliar nada porque la vida será un concilio en sí misma.

4. El pueblo, la ciudad, el terruño, pueden ser un lastre para el desarrollo profesional. Si pensamos que debemos vivir donde hemos nacido estamos condenados a ser más pequeños, a tener menos oportunidades que el resto, a no disfrutar de la aldea global.

5. El valor del ahorro. Todavía suena mal, pero habrá que acostumbrarse a vivir sin subsidios, ni servicios “gratis total”, sin el mullido colchón del comodísimo estado del bienestar. A cada uno le esperará la confortable vejez que haya conseguido ahorrar. Los excesos están demodé. La opulencia es sinónimo de cárcel.

En el fondo, el hombre que se afana por los placeres que reporta el estudio y ordena su alma con templanza, con justicia, con valor, con libertad, con tolerancia y con responsabilidad, podría mutar en el ser que trasciende generación tras generación.

R.Vara (Lukkap Iberia)

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