Quien domina el silencio, domina la palabra

Emitir frases siempre breves y, tras cada una de ellas, situar un silencio, es síntoma de que nos encontramos ante un gran orador.

Quien domina el silencio, domina la palabra”. Y, junto al silencio, la velocidad de emisión de la palabra.

Como opina el gran maestro en oratoria,D. Ángel Lafuente, creemos falsamente que emitimos una idea, y de inmediato es captada por el receptor; lo que es falso. No caemos en la cuenta de que se produce un complicado proceso de audición, y otro aún más laborioso de elaboración sicológica. Las palabras se parecen a una fina lluvia que cae sobre el campo del receptor. Es preciso dejar silencios bien administrados para que la lluvia cale y cale hasta las últimas raíces.

No podemos dejar caer las palabras de los labios como se caerían una monedas de un bolsillo roto del pantalón. Las palabras hay que entregarlas con la máxima conciencia, calibrando la transcendencia que cada frase aporta dentro de mi discurso, o la dificultad de ser captada por una audiencia concreta. Quien habla sin silencios, inutiliza la comunicación porque, con cada frase-idea emitida, borra la anterior. Quizás deslumbra a sus oyentes; pero no se llevan a casa ninguna idea clara.

Y es que hay un tiempo para callar, igual que hay un tiempo para hablar. El tiempo de callar debe ser el primero cronológicamente; y nunca se sabrá hablar bien, si antes no se ha aprendido a callar. Utiliza tu silencio para comunicar bien.

Los oscuros lugares del entendimiento y del saber

A veces nos obstinamos en intentar convencer al otro, o instruir bajo nuestro criterio y bajo la batuta de la fuerza o nuestra posición de poder.

También olvidamos que cada uno vive su mundo, un mundo del que no puede, no quiere o le cuesta salir, y nuestros intentos de persuadirle a menudo chocan con su resistencia natural de su personalidad o condicionamientos.

Y es que no, no se puede sacar la oscuridad de un cuarto a patadas, solo se puede abrir la ventana para que entre luz.

Merece la pena el libro de Peter Kinsley, En los oscuros lugares del saber:

“No se nos ha dicho que, en las mismas raíces de la civilización occidental, reside una tradición espiritual. Hay que pagar un precio para entrar en contacto con esta tradición. Siempre hay que pagar un precio, y, precisamente porque nadie ha querido pagarlo, las cosas están como están. El precio no ha cambiado: somos nosotros mismos, nuestra voluntad de ser transformados. Solo sirve eso, no puede ser menos.

No podemos apartarnos y mirar. No podemos distanciarnos porque precisamente nosotros somos el ingrediente que falta. Sin nosotros, las palabras solo son palabras. Y esta tradición no existió para edificar o entretener, ni siquiera para inspirar; existió para devolver al hombre a sus raíces.

A muchos nos preocupa la extinción de todas las especies que el mundo occidental está exterminando. Pero casi nadie se da cuenta de lo más extraordinario de todo: de la extinción de nuestro conocimiento de lo que somos”.